Dejemos algo claro ya desde el principio: soy un fan irredento de los hermanos Coen. Sin peros. Me deben faltar un par de películas para haber visto toda su extensa filmografía y son de los pocos directores de cine sobre los que me mantengo alerta respecto a cualquier novedad que puedan tener. Dicho lo anterior, debo reconocer también que Fargo no está, a día de hoy, entre mis películas favoritas. Sólo la he visto una vez, en el verano de 1996 (el año de su estrenó), en un cine de Huelva, ciudad en la que por circunstancias de la vida me encontraba haciendo prácticas universitarias. Debido seguramente al frenesí estival de aquellos días, que venía provocado por el hecho de estar fuera de casa, con dinero, tiempo y poderío juvenil, recuerdo que entré al cine muy cansado y con sueño. Probablemente ello me condicionó para que la película no me entrase hasta el fondo pero eso fue lo que ocurrió. La recuerdo técnicamente perfecta (como siempre), ingeniosa (como siempre) y bien trazada (como siempre) pero por alguna razón no terminó de tocarme la fibra. Por una especie de pereza que ha crecido en torno a ese primer sentimiento, la realidad es que no he vuelto a ver la cinta y con ello convivo.

