Una de las grandes frustraciones de mi vida contemporánea es esa intensa sensación de no estar dedicando el tiempo que merece a una de mis pasiones de todos los tiempos: el cine. Cierto es que el día está limitado a 24h, que hago otras cosas, que el mejor cine de lo que va de siglo se está haciendo en televisión (y ese si lo sigo con intensidad), bla, bla, bla… pero la realidad es que uno no puede quitarse esa desagradable sensación de la cabeza.
Desde hace muchos meses tenía comprado en casa (y sin abrir el plástico) una película de esas que en su día me quede con ganas de ver: I love Huckabees. No es raro encontrar cosas con el plástico puesto por mi casa y más en estos días en los que encontrar dos horas para uno mismo es prácticamente una quimera. Es muy probable por tanto que en ese mismo estado hubiese seguido muchos meses más de no ser por dos cosas. La primera, menos importante, es que el director de la cinta es David O. Russell, el responsable de la encantadora (y para muchos probablemente moñada) Silver Linings Playbook. La segunda, más importante y el motivo por el que en su día me compré ese DVD, es que la banda sonora es de Jon Brion, uno de mis ídolos. Comprarse una película por el autor de la banda sonora es muy friki, lo sé, pero eso puede que demuestre la sincera admiración que siento por este misterioso músico, autor también de las bandas sonoras de Magnolia, la maravillosa The Eternal Sunshine of the Spotless Mind o el reciente corto de animación The Blue Umbrella.
La música no decepciona. Es fantástica, a la altura y con la firma inconfundible de su autor. Lo que sí decepciona, al menos para mí, es la película. Quiero y no puedo. Una ensalada de conceptos psicológicos de garrafón cosidos a una presunta comedia de enredo, loca y absurda, que perfumada con clichés conocidos del cine independiente resulta demasiado artificial como para que enganche. Ni el elenco de buenos actores, ni el aspecto, ni la música logran que la emoción de los primeros cinco minutos se diluya poco a poco como azúcar en el agua. Una pena. Parecía otra cosa y tenía todos los elementos para serlo, pero no lo es. Eso sí, conseguiré el CD con la banda sonora. Lo juro.
by lukah boo

Una de las canciones que más me atrajeron en su momento de Let It Be, entre otras cosas porque es un tema realmente compuesto por Lennon/McCartney, no como la mayoría de los que firmaban. Hecha a partir de esbozos de canciones sin terminar de Paul y John unidas, finaliza con las melodías superpuestas, cantando cada uno la suya. Y también porque muestra a John como el gran guitarrista que era: comienza con un riff sutil e irresistible, de esos que te hacen coger la guitarra (ví la película más de una vez para ver como ponía los dedos). Inolvidable, embutido en su abrigo de pieles y con su Epiphone Casino, cantando con mirada burlona eso de “Everybody had a hard year…”
No soy ni he sido nunca muy fan de The Beatles. Lo poco que tengo de ellos en disco ha sido siempre regalo de alguien. Reconozco lo grandes compositores que son John y Paul. Sé perfectamente que tienen canciones maravillosas y un par de discos suyos me gustan mucho, “Revolver” y “Rubber Soul”. Pero The Beatles no son santo de mi devoción. Hay montones de grupos que me gustan y me interesan mucho más. Creo que todo lo relacionado con los cuatro de Liverpool está sobre dimensionado hasta casi lo obsceno.
Porque estaba en una cinta de cassette que afanaron a mi padre un domingo en el que le robaron la radio del coche aparcado en un descampado junto al Vicente Calderón; y porque jamás volvió a comprarse esa cinta. Porque sonaba en los tres minutos de video que más veces he podido ver: un Informe Semanal de Televisión Española que contaba que John Lennon había muerto tiroteado días atrás. Porque está en la cara A del primer vinilo que compré en Escridicos: La Tienda. Porque a una chica hace mucho le pregunté si no le parecía que no se podía cantar mejor al escuchar juntos esta canción y desde entonces no pregunto este tipo de cosas a las chicas. Porque está en Re mayor, como tantas canciones que hacen que brille el sol. Porque se la canto a mi hijo cada vez que llora desconsolado a las tantas de la madrugada. Porque Brian Wilson sabía que era buena y sus Beach Boys la grabaron en un disco en el que se fueron de fiesta. Porque creo que nunca he hablado o me han hablado de ella y ya era hora. ¿Que te diga por qué? Pues porque los Beatles no son el principio ni el fin, pero sí ese sitio seguro al que volver de vez en cuando para confirmar tantas cosas y sentirse tan bien.





